No teníamos miedo del coronavirus sino de las consecuencias sociales y sanitarias que pudiera tener en África

A Alejandro Rey la crisis del COVID-19 le pilló en Tanzania, a donde se fue a realizar un voluntariado en enero con la ONG Kutembea na Tanzania. Este scouter de Burgos tuvo que interrumpir su proyecto en un colegio-centro de día para niñas y niños y volver a casa a pasar la cuarentena. En muchos lugares, como en nuestro país, se han dado casos de xenofobia contra la población china. En otros lugares del mundo también ha habido casos de fobia a las personas extranjeras. Alejandro nos cuenta lo que vivió él en la localidad tanzana de Ashura desde que comenzó la pandemia.

Pregunta: ¿Cuándo y por qué te fuiste a hacer voluntariado a Tanzania?

Respuesta: Yo trabajaba en Burgos de ingeniero mecánico y llegó un momento en mi vida en el que no estaba a gusto con lo que etaba haciendo y me encontraba un poco perdido y dije: “Haz un parón, que tiempo hay de encontrar aquello que realmente te hace feliz, y vete a hacer por lo menos lo que sabes que te hace feliz, que es ayudar a la gente”. Quería trabajar con infancia. Vi las necesidades que tenía la ONG en Arusha y redacté un proyecto de educación física para niñas y niños de entre 2 y 5 años, enfocado en jugar. Llevé un cuaderno de juegos para que se moviesen. Aparte de eso era auxiliar del profesor tanzano (fui a una especie de escuela y centro de día al mismo tiempo) y por las tardes cuidábamos a los niños que, tras las clases, estaban desatendidos.

P: ¿Cómo viviste la llegada del COVID-19?

R: Me fui el 15 de enero. El 16 de marzo se detectó el primer caso de COVID-19 en Tanzania y justamente en la ciudad de Arusha. Era de una persona blanca que volaba desde Bélgica. Tanzania es un lugar muy turístico por los safaris. Eso lleva a relacionar a las personas blancas con un billete, por así decirlo. Ya de por sí, antes del coronavirus teníamos el problema de que la gente te acaba viendo como tienes un montón de dinero por ser blanco. Eso lleva a que ciertas personas no tengan consideración contigo. ¿Qué pasó? Desde que salió el coronavirus en Europa, en cierto modo se reían de nosotros: “Está bien que os haya pasado esto”, nos decían. Para la gente era un problema del mundo desarrollado. Pasaron de llamarnos “hombre blanco” a llamarnos “corona” por la calle. Yo que hablo un poco de swahili les decía: “Pero yo no lo tengo, ¿tú lo tienes?”, y se reían. Cuando la cosa se puso más crítica (Italia y España cerraron fronteras), un día un grupo de extranjeros nos montamos en un autobús: se llaman dala dala, en que hay 9 asientos y entran 16 personas. Ese día tuvimos el primer problema: hubo una persona mayor que no quiso subir en el dala dala con nosotros porque, al ser blancos, se pensaba que éramos transmisores del virus.

P: ¿Cuándo decidiste regresar y cómo fue la despedida?

R: No queríamos entrar en pánico porque era un caso, pero aquí (en España) se empezó también con un solo caso, y en Italia. En ese momento no teníamos miedo del coronavirus sino de las consecuencias sociales y sanitarias que pudiera tener en África. Esperamos un día para irnos. Al día siguiente del primer caso salimos a la calle y vimos que la gente nos miraba con miedo. Yo soy de piel y ojos claros y destaco más. Fuimos a comprar patatas y la señora que las vendía, cuando me vio, fue como si viera la muerte. Se asustó muchísimo y no quería ni mirarme. Ahí empezamos a entender que el impacto para nosotros iba a ser más social que otra cosa. Al día siguiente llamamos a la embajada y nos recomendaron salir del país cuanto antes. Con toda la pena del mundo decidimos volvernos a España. El gobierno de Tanzania sacó un comunicado dos días después instando a la población a no pagar el miedo con las personas blancas (ya habían reportado casos de discriminaciones). Nos volvimos a España a toda prisa el 18 de marzo. Llegué aquí el 19.

P: ¿Cómo está siendo el regreso?

R: Ha sido muy duro porque de un día para otro todo cambia. No me he podido ni despedir de los niños porque todo ha sido tan rápido y hemos tenido tantos problemas a la hora de buscar los vuelos… Allí se vive de una forma completamente diferente  a la de aquí. Encontrar tu ritmo allí no es fácil (me costó cerca de un mes encontrar mi sitio); la gente lleva un ritmo distinto, el pole pole (despacio) que dicen en swahili. Cuando ya consigues adaptarte y que ese ritmo de vida te haga feliz, de repente cambiar y volver a la realidad… Es difícil. Desde que he llegado no he hablado con nadie porque no me apetece.

E: Cuando todo esto pase, ¿te volverás a marchar?

R: Todavía no lo he decidido pero lo que tengo claro es que no me voy a quedar aquí trabajando de ingeniero. Esta experiencia te abre los ojos en gran medida y creo que no te das cuenta de lo que ha significado la experiencia hasta que vuelves y te das cuenta de las diferencias que hay. Yo siempre he hecho voluntariado: con niños con síndrome de down, con migrantes, apoyo escolar… Y viniendo de allí me he dado cuenta de que el impacto que puedo tener en otros sitios (por ejemplo, donde estaba yo) es mucho mayor del que podemos tener aquí. Me quedo con las ganas de haber dado más y volveré, no sé si allí o a otro lado.

P: Eres scouter del grupo scout Antorcha 687 de Burgos. ¿Qué te ha aportado el Escultismo para realizar tu voluntariado en Tanzania?

R: Si no hubiese estado todos estos años en el grupo scout, y no hubiera aprendido todos los valores que me han enseñado, esto no hubiese sido posible. El voluntariado tiene sentido para mí desde que soy scout (llevo desde lobato). Ese servicio a los demás me llena mucho. Esta experiencia, si no fuese scout, no la habría hecho porque lo difícil no es querer ayudar sino tomar el paso de irte. Nuestra vida occidental nos lleva a estar todo el día corriendo a todos lados, siempre decimos que no tenemos tiempo… Lo realmente valiente no es querer ayudar sino ayudar, que en el paso de querer nos quedamos muchos. Eso es lo que me han aportado los scouts: no quedarme solo en el “me gustaría hacer”, sino hacerlo.



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