Ciencia creada con nombre de mujer

Quisiera compartiros mi experiencia que, al leerla,  veréis que también  es parte de la vuestra. Soy una mujer joven -o así me considero yo con mis 35 primaveras cumplidas-, de clase obrera – según consideraría el señor Marx- y raza caucásica atendiendo a clasificaciones un tanto desfasadas desde mi punto de vista. Trabajo como enfermera,  aunque mi mente inquieta me ha llevado a cursar estudios de antropología, psicología,  cooperación, feminismos… Como me decía una profesora de filosofía: “Debes saber poco de mucho y mucho de nada”.

¿Por qué no lo hiciste? ¿Qué te lo impedía?

Me gusta jugar con números, hubiera querido aprender a montar y desmontar aparatos electrónicos y, cada vez que comprendo un nuevo principio de la física, se me enciende una bombilla que da luz y claridad a mi vida. Sin embargo, nunca dediqué mis horas a estudiarlo en profundidad. Con los años me he preguntado: ¿Por qué no lo hiciste? ¿Qué te lo impedía? Las ciencias de la salud y las sociales siempre han estado al alcance de mi mano, pero de una extraña manera aprendí que las ciencias exactas nunca estarían al alcance de mi mente. Quizás por esa idea cartesiana de la separación entre la razón y la emoción, que el patriarcado vino a matizar considerando a las hombres seres racionales y a las mujeres, sensibles y emocionales –matiz muy aleatorio sin lugar a dudas-.

¿Por qué hay pocas mujeres en la ciencia? El efecto Matilda

Bendita Florence Nightingale  -madre de la enfermería moderna- iluminando mi camino con su lámpara siempre encendida. Pero dónde estaba Ada Lovelace, dónde Margarita Salas o Hipatia de Alejandría. Es muy posible que con ese horizonte sin referentes femeninos donde verme reflejada e inspirada, lo ‘fácil’ fue caminar por otros derroteros, donde sentirme más cómoda e identificada, como persona y como mujer.

 

Seguramente no haya sido la única causa de mi ‘incapacidad percibida’ para las ciencias, pero estoy segura de que ha tenido cierta influencia. Muchos años después he aprendido que eso que pudo marcar parte de mis decisiones, tiene un nombre: efecto Matilda o ‘el arte cómo se han silenciado y ocultado la aportación de los conocimientos de muchas mujeres ilustres en la historia‘. Y con ello la pérdida no solo de sus referencias sino, siendo más grave aún, sus conocimientos y la posibilidad de seguir avanzando en ciertas áreas debido a las oportunidades desaprovechadas que se quedaron por el camino.

Por ello, debemos seguir mostrando a nuestras niñas todo lo que pueden llegar a lograr, dándoles confianza en sus capacidades y  los medios necesarios para desarrollarlas. Dibujemos un nuevo horizonte de posibilidades para que la ciencia también sea un espacio seguro y generoso donde tengan cabida nuestras niñas y mujeres.

Porque fueron, somos. Porque somos, serán.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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